
En una industria definida por los códigos de edificación, la urgencia climática y las presiones del mercado inmobiliario, el concurso de arquitectura se ha convertido, silenciosamente, en uno de los espacios más generativos de la disciplina. Libres de presupuestos, clientes o normativas urbanas, las propuestas presentadas a concurso permiten a los/las arquitectos/as reflexionar sobre los límites de lo que el entorno construido podría llegar a ser; además, este trabajo especulativo se toma cada vez más en serio como una contribución cultural e intelectual por derecho propio. El premio Buildner's Unbuilt Award, ahora en su segunda edición, es uno de estos esfuerzos, al tratar el proyecto no construido como una plataforma para que profesionales de la arquitectura y el diseño compartan conceptos que desafían los límites e inspiran futuras posibilidades. De este modo, certámenes como este permiten a profesionales y estudiantes de arquitectura exhibir ideas y visiones que, aun sin llegar a construirse, reflejan el espíritu de exploración e ingenio de la disciplina.
La edición de 2025 reunió un fondo de premios de 100.000 EUR repartido en tres escalas: pequeña, mediana y grande. Asimismo, convocó a un jurado integrado por diez profesionales de la práctica y la teoría de diversos ámbitos de la disciplina. Las propuestas se evaluaron no solo por su invención formal, sino también por la claridad de su narrativa conceptual, su capacidad de respuesta a las presiones del mundo real y la calidad de su comunicación visual. Para comprender qué buscaba el jurado y qué revela el trabajo ganador sobre el estado actual de la imaginación arquitectónica, ArchDaily conversó con Lyndon Neri, uno de los jueces de la edición de 2025 del Unbuilt Award y cofundador de Neri&Hu Design and Research Office en Shanghái.












