
Cuando la Ciudad de México albergó los Juegos Olímpicos en 1968, marcó la primera vez que la justa deportiva se otorgaba a un país latinoamericano, así como la primera ocasión en que una nación de habla hispana fungía como anfitriona. Este acontecimiento representó una oportunidad inmejorable para proyectar a México y su cultura en el escenario internacional, lo que impulsó al gobierno a conformar un comité organizador integrado por destacados talentos locales. Al frente de este comité se designó como presidente a Pedro Ramírez Vázquez, arquitecto mexicano que ejercía una gran influencia en el programa de obras públicas estatales de mediados de siglo. Su enfoque era explícito: concebía la arquitectura como una síntesis de las técnicas del modernismo internacional con referentes precolombinos y la cultura material de la región. Bajo su dirección, el comité supervisó la construcción y adecuación de sedes distribuidas en el sur de la Ciudad de México, diseñadas y edificadas en su gran mayoría por profesionales locales de la arquitectura, la ingeniería y el sector técnico.
De todas las edificaciones olímpicas, la que presentó los mayores desafíos estructurales fue el Palacio de los Deportes, que sirvió como sede de los torneos de básquetbol. Para su diseño, el comité convocó a un concurso a través de la Secretaría de Obras Públicas, resultando ganadora la propuesta de Félix Candela, desarrollada en colaboración con Antonio Peyrí Macià y Enrique Castañeda Tamborell. Candela, ingeniero de origen español que había emigrado a México tras la Guerra Civil, acumulaba ya dos décadas diseñando estructuras, en su mayoría cascarones de concreto basados en la geometría del paraboloide hiperbólico.

Sin embargo, el principal reto del proyecto radicaba en la escala. El edificio debía cubrir una superficie interior libre de apoyos de aproximadamente 27,000 metros cuadrados. Esta luz obligó a Candela a salir de su zona de confort —los cascarones de concreto que le habían dado fama— para adentrarse en una nueva tipología estructural. Su solución consistió en una cúpula geodésica. La estructura, de 116 metros de diámetro, estaba compuesta por paneles de aluminio en forma de paraboloide hiperbólico, montados sobre una cuadrícula de arcos de acero y rematados con un revestimiento de cobre.
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La elección del cobre en lugar del concreto respondió en parte a las restricciones de presupuesto y calendario, ya que toda la obra debía concluirse en un plazo de dieciocho meses. Bajo esta premisa, el cobre resultaba mucho más ligero que el concreto, lo que reducía la carga sobre los arcos de acero y agilizaba el montaje. Al mismo tiempo, fue una decisión formal que transformó la superficie del edificio en un elemento capaz de reaccionar a sus condiciones ambientales específicas: un material que se oxida, cambia de tonalidad con la luz y registra el paso del tiempo y el clima de la ciudad. La complejidad constructiva fue tal que el equipo de trabajo requirió el uso de computadoras para realizar el cálculo estructural, ya que la geometría de arcos cruzados dificultaba los métodos manuales. Al momento de su inauguración en 1968, se convirtió en el recinto deportivo cubierto más grande en la historia de las Olimpiadas.


La forma del Palacio responde explícitamente a la lógica estructural de Candela; no obstante, el edificio comparte en su geometría y ambición espacial una profunda resonancia con los precedentes de la arquitectura indígena mexicana. El expresionismo estructural de los arcos exteriores de la cúpula, visibles a la distancia sobre el plano terreno del sur de la urbe, le otorga al edificio una jerarquía comparable a la de las grandes plataformas cívicas de las zonas arqueológicas precolombinas. Asimismo, el revestimiento de cobre refuerza esta impresión al dotar al inmueble de una cualidad material (cálida, oxidada, climáticamente viva) que lo distingue radicalmente de los muros cortina de vidrio y acero característicos del Estilo Internacional de la época.


Esta ambición no era ajena al programa olímpico. Ramírez Vázquez había organizado el comité en torno a una visión de México que fuese, simultáneamente, avanzada en lo técnico y arraigada en lo cultural. En la actualidad, el legado de los Juegos Olímpicos de México se conserva casi en su totalidad. De hecho, 20 de las 23 sedes construidas para la justa siguen en uso hoy en día. Obras como el complejo de alberca y gimnasio, el velódromo, el Estadio Olímpico Universitario y el Estadio Azteca siguen siendo espacios públicos activos que albergan eventos deportivos en la ciudad. Por su parte, el Palacio de los Deportes ha mantenido una actividad constante al alojar conciertos, eventos deportivos y grandes exposiciones, siendo administrado desde la década de 1990 como un recinto comercial.


La permanencia del Palacio de los Deportes como un espacio plenamente funcional a casi sesenta años de su inauguración se debe en gran medida a su flexibilidad estructural. La luz libre de 116 metros, requerida originalmente para el torneo de básquetbol, permite contar con un interior libre de columnas que se adapta a las exigencias acústicas contemporáneas y a las grandes concentraciones de público, sin comprometer la integridad de la cubierta. A diferencia de muchas estructuras olímpicas que se enfrentan a la obsolescencia, el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México ofrece un caso de estudio sobre cómo este tipo de recintos pueden mantener su vigencia, tanto en términos de uso como de diseño, décadas después de la clausura de los Juegos.

Este artículo es parte del Tema de ArchDaily: Diseño del siglo XX en transición: Una reinterpretación global de la historia de la arquitectura. Cada mes exploramos un tema en profundidad a través de artículos, entrevistas, noticias y proyectos de arquitectura. Te invitamos a conocer más sobre nuestros temas de ArchDaily. Y, como siempre, en ArchDaily valoramos las contribuciones de nuestros lectores y lectoras; si deseas presentar un artículo o proyecto, contáctanos.
Este artículo fue escrito por Moises Carrasco. La traducción fue realizada mediante IA.










